Ella contaba cada segundo hasta que recibía la visita de Heinrik. Él veía pasar el tiempo ante sus ojos, anhelando que llegara el momento de abrazar a la Princesa.
Llegó un verano en el que ambos disfrutaron del amor, sin kilómetros de por medio. Por aquellos días Heinrik descubrió una cualidad mágica en su ser. Se dio cuenta una noche en la playa. El mar estaba tranquilo y la luna llena iluminaba el dulce rostro de la Princesa. Allí estaba ella, bajo la luna, a la orilla del mar. Su silueta resplandecía como si un halo místico la envolviera, su nombre representaba la pureza y transparencia de su corazón. Ella volvió la mirada hacia Heinrik, y susurrándole al oído le dijo:

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